Desde que el mirlo llegó a nuestra terracilla, se hizo notar. Estaba Antonio tan a gusto ordenando sus minicultivos alimentarios, sus aromáticas, sus especias y sus arbolillos en crecimiento, cuando, una buena mañana, aparecieron montones de tierra esparcida sobre el suelo. ¿Quién habrá hecho esto, el gato...? Nada, a recoger y a seguir con los cuidados hortícolas.
Pero al día siguiente, igual. Y al otro, y al otro. Y, desde entonces, casi todos los días. Empezamos a escuchar que a los vecinos también les estaba ocurriendo, y pronto relacionamos la tierra escarbada en macetas y alcorques con el potente canto del mirlo, que estaba recién llegado a esta barriada peatonal.
A mí me encanta este animal ('la merla', como la llaman directamente en la huerta, sea del sexo que sea). Es cantarín, divertido y un alegre despertador (mejor que los tuuuuuuu- tuuuuuu electrónicos). Es también enérgico, activo y fuerte. Su nombre en latín es Turdus merula y es, en realidad, un tordo. Yo lo llamo el 'tordopoderoso' porque, según llegó, se hizo el dueño de estos territorios.
Y no le falta trabajo, ya que desde hace unas fechas nos hizo el regalo de instalar aquí su nidada, entre los cipreses que delimitan las propiedades vecinales. Y ahora escuchamos con gusto el débil piar de las crías, pidiendo comida a los padres -insectos, lombrices, gusanos, larvas y frutos-.
En el caso de los mirlos, papá y mamá alimentan a los polluelos. ¡Y están que no paran! Ayer estuvimos dos horitas de relax en la terraza y los vimos sobrevolar al menos en diez ocasiones a cada uno de ellos ¡veinte en total! -y ya serían más, porque en realidad no las contamos-, con el pico colmado de lombrices. ¡Y qué trajín! Viven ahora momentos de gran agitación buscando las lombrices en el monte -que está a dos pasos- y los jardincillos aledaños. Se posan en el alero del tejado de enfrente e incluso desde allí, en ocasiones, ya vislumbran la presa. Vuelven al tejado, a otear que el terreno está despejado. No es tontería, la ciudad no es segura: ayer tuvieron que lidiar con la amenaza de los gatos y la presencia de un halcón, que bien es cierto que nos sobrevoló muy alto. Después, descienden al árbol del vecino, todavía enfrente, y nos miran. Afortunadamente, ya nos conocen. Entonces, pasan a nuestro ficus, que es delgadito, con el pico a rebosar de alimento, y nos vuelven a mirar laaaargo rato, hasta que se deciden a lanzarse al interior emboscado del muro arbolado, donde tienen el nido. Debe de ser un sitio muy seguro e intrincado, porque ni el gato alcanza a entrar. No hemos localizado rastro de las cáscaras azuladas de los huevos. Tampoco vemos el nido, ni vamos a zarandear los cipreses buscando la puesta. Ahí se van a quedar hasta que quieran salir.
Esto puede estar bonito, porque incluso cuando los polluelos abandonan el nido (entonces se llaman volantones), ambos padres continúan alimentándolos en el suelo durante al menos dos semanas más. Es el tiempo que les tomará aprender a volar y buscar comida por ellos mismos (si los ves solos por ahí, no los recojas, que están vigilados por sus papis). Y aunque la hembra puede iniciar una nueva nidada -ojo: puede realizar dos o tres puestas anuales, raramente hasta cinco-, el macho suele seguir alimentando a estos volantones. Pues no van a tener trabajo, ni nada, los pobres... ¡A ver si los vemos por nuestra terraza indómita!
Ayer, como os digo, aprovechando el relax en casa, les hicimos unas fotos. Tampoco esperéis gran cosa, porque lo que intentamos siempre es que no se sientan incomodados en ningún momento y quieran seguir a nuestro alrededor. Pero creo que valen para haceros una idea del ajetreo que llevan estos días.
Y a ver qué nuevo bicho se asoma a nuestra 'terraza indómita'.

Mónica Rubio. Periodista y Bióloga
2026-03-29
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TERRAZA INDÓMITA es una sección del blog de elclickverde que trata, con humor, de la naturaleza más cercana: ésa que se adentra en nuestras casas y, en ocasiones, desconocemos. Para nosotros sigue siendo sugerente y fascinante, y siempre nos brinda una ocasión de aprender. La idea se remonta a la época de la pandemia, cuando nos vimos obligados a permanece tanto tiempo en el interior de nuestros hogares. Por diversas circunstancias, no dispuse entonces de tiempo para adentrarme en esta "aventura". Durante esos meses teníamos una terraza, que descubrimos plena de vida "salvaje". Ahora nos hemos trasladado y tenemos otra que nos ha recibido con un montón de nuevos hallazgos. ¡Sigue siendo un terraza indómita, y seguramente así lo sean todas! Los hechos que van apareciendo en esta sección pertenecen a ambas localizaciones y a años distintos que se indican en cada entrada. Esperamos que las disfrutéis.






